| LOS POETAS DEL ROCK Un león de experiencia
El rock es la banda sonora del siglo XX porque es
vástago de la electricidad y del ruido. Ha dejado hablar por primera vez a los seres y
sonidos marginales. Y si en su población pueden establecerse relaciones jerárquicas, Lou
Reed (Freeport, Long Island, 1942) sería el caballero de los millones de vatios de
distorsión que han salido de su guitarra. Pero también es escritor, dramaturgo y
fotógrafo.
Su comienzo constituye una de las etapas más
excitantes de la historia de la música popular. Se trata de la época en que lideraba el
grupo The Velvet Underground, que hoy es una banda de culto masivo y de asombrosa
influencia. Destrozaron las fronteras del pentagrama porque adaptaron el ruido al arte
musical, como ya había pasado con otras manifestaciones. Eran los primeros visionarios
del rock, que aún estaba naciendo. En las polémicas que generaron, las letras, todas de
Lou Reed, adquirieron rango de coprotagonistas: al abrigo de la literatura beat,
hablaban de las drogas, de sadomasoquismo, de religión y de operaciones a corazón
abierto. También del amor. La Prensa prácticamente los ignoró, por irreverentes y
revolucionarios, que lo eran, aunque hoy se nos queden reverentes e irrevolucionarios. De
poco sirvió el mecenazgo de Warhol, que costeó el primer disco al completo, y les dio
libertad absoluta. De allí nació en 1967 The Velvet Underground and Nico. Ahora
aquella criatura está canonizada como icono rock. Su padrino Andy Warhol diseñó para
ella la magnífica portada del plátano pelable y sugerente... White light/White heat
(1967), The Velvet Underground (1969), Loaded (1969), son sus
imprescindibles discos posteriores.
Tras la separación del grupo, Lou Reed comienza
otra carrera, en solitario. Dos discos un poco titubeantes, y consigue su mayor éxito con
Transformer (1972). Lo produjo un entusiasmado David Bowie que sumó a la
turbulencia de los trabajos anteriores la expansión sexual ambigua. Fue la fugaz época glam
de Lou Reed. Contiene «Walk on the wild side», su himno de bronce. En 1973, con Berlin,
Lou Reed se desquita de los triunfos fáciles, y hace el mejor de sus discos en solitario.
Es de los más sombríos de toda la galaxia rock, uno de los que contienen más miligramos
de amargura y acidez por verso. Delicado en sus arreglos musicales a veces, otras
inquietante, Berlin guarda algunas canciones inolvidables por su sobredosis de
tristeza.
Rock'n'roll heart (1976) fue su última
gran obra de esa década. Y The Blue mask (1982), el primer logro de su madurez,
por algo acababa de cumplir los cuarenta. Su mirada ante el mundo y sus calles se vuelve
decididamente crítica y ácida. Las historias siguen siendo sórdidas, pero crece su
implicación moral. Ahora es capaz de tratar las complejas relaciones humanas «atiborrado
como un león de experiencia». New York (1989) sigue avanzando en plenitud: su
arte urbano refleja, como los escaparates de las calles, el desorden de las grandes
ciudades. La meta en esta etapa la alcanza con Magic and Loss (1992), su obra más
honda y sentida, quizá en el mismo grado que Berlin. La palabra pérdida
tiñe cada nota de este disco sobrio y magistral. Después vuelve a la suciedad en Set
the twilight reeling (1996).
La última obra de Lou Reed, Ecstasy
(2000), es su particular visión del encuentro místico que, al parecer, todo gran artista
sufre en algún momento. Hace unas semanas pudimos oírlo en Salamanca. Lou Reed estaba
enfundado en unos pantalones de cuero. Brillaba más que nunca en la frontera de los
sesenta años. Combatiendo a la batería con la guitarra, era un caballero que miraba al
cielo con los ojos cerrados. Ésa ha sido, de momento, la última lección memorable del
zorro catedrático del rock.
Antonio Portela
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