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CRÍTICA
| ENSAYO | |
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La razón de los clásicos Ignacio
Sánchez Cámara Leo Strauss fue uno de los grandes maestros de la filosofía política contemporánea. Controvertido tanto por su reivindicación del aristocratismo como por su refutación de la modernidad, la admiración por su obra, todavía poco conocida entre nosotros, no hace sino crecer. Para Strauss, los dos grandes asuntos de la filosofía política son la determinación del mejor régimen político y la defensa y justificación de la vida filosófica ante las amenazas de la política. Se trataría de salvaguardar la ciudadela interior del sabio. Para lograrlo es necesario acudir a los clásicos, buscando en ellos el tratamiento de los problemas perennes e indagando sus pretensiones de verdad. Defiende el derecho natural, entendido como instancia crítica más allá de la legalidad positiva, y refuta lúcidamente las pretensiones del historicismo y del positivismo. Su obra constituye una penetrante crítica de la modernidad, caracterizada, sobre todo, por el antropocentrismo, el cambio radical de la orientación moral que se sustenta en la emergencia del concepto de los deberes y en el predominio de la libertad sobre las virtudes, y la tendencia a hacer de la historia el carácter específico del pensamiento.
Cinco lecciones
Este excelente libro que ahora se traduce al español, precedido de una muy buena introducción de Josep Maria Esquirol, contiene dos textos. El primero consiste en cinco lecciones (en este caso magistrales) sobre Sócrates dictadas en 1958 en la Universidad de Chicago, basadas en el análisis de textos de Aristófanes, Jenofonte y Platón. Según Strauss, el platonismo debe interpretarse como una invitación al cultivo de la vida filosófica frente a la irracionalidad de la política y de las multitudes. Una vida justa es una vida retirada. Por eso llega incluso a aventurar la reivindicación por parte de Platón de la «mentira noble», y recuerda el testimonio de Alfarabi, para quien «el camino socrático, que sólo es apropiado para los filósofos que tratan con la élite, ha de combinarse con el camino de Trasímaco, que es el indicado para los filósofos que tratan con la multitud». No es casual que Strauss reivindique la necesidad de ensayar una interpretación esotérica de la obra de muchos grandes pensadores políticos.
El segundo ensayo contiene unas conferencias dictadas en la misma Universidad en la década de los cincuenta. Es una extraordinaria crítica del progresismo moderno, que sustituye la oposición entre bueno y malo por la de progresista y reaccionario, y un diagnóstico de la crisis de la civilización occidental. El síntoma principal de esta crisis es la derrota de la idea moderna de progreso (no de la clásica, la de los griegos, mucho más modesta y razonable). A esta idea moderna del progreso, contrapone el concepto de retorno, procedente de la tradición bíblica, que reivindica la necesidad de volver a los buenos tiempos pasados en los que el hombre no se había apartado de los caminos de Dios. «El pasado es superior al presente». La crisis de la modernidad conduce a Strauss al pensamiento de que debemos retornar, «obviamente, a la civilización occidental en su integridad premoderna», es decir, a la filosofía griega y a la Biblia. El problema es que estas dos raíces se contradicen de manera fundamental. Pero es precisamente de esta oposición de la que brota, según él, la vitalidad de nuestra civilización. Pero, y esto ya no lo sugiere el autor, acaso la oposición pueda resultar atemperada en el cristianismo. No hay tanto conflicto si aceptamos la tesis paulina de que la ley de Dios está grabada en el corazón del hombre. En este caso la indagación filosófica sobre la vida buena no conduce sino a la obediencia a Dios.
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